Huelva, Mi mundo, Mis preferidos

La contrahecha

A veces no sé por qué te quiero tanto. No será por tu caminar titubeante ni por tu osada ignorancia. No será por tu indolencia inapetente ni por tus malos humos. No por verte a menudo tan desgarbada, tan fea, por sentirte abandonada a tu suerte, por saberte mal querida. No es, desde luego, por tu inercia a la pereza, ni por tus malas formas. Por tu funesta suerte, bien ganada o regalada en paquetes de desidia y egoísmo. En cajitas de envidia e interés de los falsos amigos. No será por tu acomplejada suspicacia. Ni por tu timidez gris, tan remilgada. Por esconderte, tan insegura. Por creerte tan pobre. Por ni creerte.
Será más bien por tu sabiduría callada y quieta. Por tu entrega cuando amas. Por tu altivez necesaria. Será por la luz que desprendes, que encandila a quien te mira. Será, quizás, por tus jóvenes hechuras a pesar de ser tan vieja.

Por ser tan contrahecha, creo que te quiero tanto. Por parecer tan señora y tan vulgar, tan chabacana y clasista, tan pagana y tan devota, tan urbana y tan salvaje. Tan última y tan pionera. Tan oscura y luminosa. Tan contradictoria, que eres humo y aire limpio y hueles a azufre e incienso. Sabes a fresa y a sal. Eres cercana y distante. Por pulir, y tan brillante.

O será que te quiero tanto por tu mirada malva cuando anochece. Por cómo te sonrojas, ahí enmedio. Por tu añil intenso, arriba. Por tus pálidos azules y la blanca espuma de tu vientre y el verde de tu cintura. Por la música de tu boca en tu quejío vibrante. Por tu cuerpo entero, húmedo y frondoso. Por tu piel luminosa. Por tu cabello castaño.

Quizás no sea por nada de eso y te quiera simplemente porque me viste nacer. Porque he crecido a tu vera. Sólo porque eres mía. Porque sólo oír tu nombre me estremece. Porque adoro hasta tu hueso último. Por ser elegante y líquida. Por tu vetusta alma.

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